Este blog se está mudando… sí, de nuevo.

Sí, sí… los grandes gurús del SEO han de odiarme porque desde las fechas en que el Canibalitum me iniciare en esto del bloggeo —entiéndase el año 2003— mi dirección del blog ha cambiado por lo menos unas 4 ó 5 veces, hasta la cuenta ya perdí. En esta ocasión había planeado “hacerlo bien” porque por fin tengo mi propio URL, porque me hice un sitio enterito y porque planeaba redireccionar este blog hacia el sitio nuevo PERO resultó que para ello habría que pagarle la módica cantidad de $15 USD al mes a WordPress.

La verdad es que entre tanta mudanza de dirección electrónica, he ido dejando desperdigados a los pocos lectores que alguna vez fueron seguidores fieles. Y no los culpo, después de todo la que se ha hecho la difícil he sido yo. Así pues, me voy una vez más y en esta ocasión espero que la nueva casita sea un poco más permanente.

A empezar de cero…

otra vez.

P.D. Por si alguien quiere ir a visitar.

El torcido sentido del humor del “genio” creativo, o lo que es igual: ganas de escribir no me faltan, nomás no puedo.

writers-block

A veces siento a mi espíritu creativo ponerse inquieto, le escucho intentando seducirme al oído, rogando que le deje salir. En esos días que pareciera estar “super cargada” de inspiración, quiero hacerlo todo: un rediseño lindo para el sitio web que les hice a mis amigos —los del negocio de productos de limpieza— unos cuatro años atrás; terminar de escribir la otra novela que tengo a medias; encontrar foros en los cuales promocionar la que ya publiqué a ver si logro romper mi marca de ventas de todos los tiempos y que alguien compre por fin el séptimo ejemplar.

En esos días de los que hablo, la idea de desatar ese lado mío, se antoja maravillosa. En mi mente todo se ve como un lindísimo montaje de película en el que estoy sentada frente a la computadora, tecleando cual maniática, ignorando el paso de las horas, disfrutando del sonido de mi voz interior mientras me dicta la siguiente línea. Entonces lo que comenzó como una mera cosquillita se va volviendo una avalancha contra la cual no tiene sentido resistirse. Lo dejo todo —sea lo que sea que esté haciendo— enciendo la computadora y me siento frente a la hoja digital en blanco.

Insertar aquí un silencio sepulcral —a excepción de los grillos y el viento, por supuesto—.

Y no sucede nada. No sé por dónde comenzar: ¿Corregir lo que ya está para volver a agarrar el hilo de la idea que dejé colgando hace 6 meses? ¿Comenzar un capítulo nuevo? ¿Comenzar mejor un cuento corto en lo que se me desentumen los dedos?

La mejor de las noches va por esos rumbos, mientras que la peor me llena de más pretextos para no crear nada nuevo: el antivirus no está actualizado, el navegador está enviando unos mensajes raros, el disco duro se quemó y ahora hay que reemplazarlo. Para cuando me doy cuenta, aquellas dos o tres horas que había pensado dedicar a escribir, se han desvanecido sin pena ni gloria.

Así pues, el tiempo que había pensado dedicar hoy a esta finalidad, se fue en la redacción de este mugriento post, porque hacía semanas que no dejaba mi huellita en el blog.

Sueño del profeta

Anoche me encontré por enésima vez en una de mis pesadillas recurrentes: caminé por valles inundados de aprensiones injustificadas y colinas colmadas de ataduras mentales; vacíos aplastantes y taquicardias auto-infligidas vía pensamientos destructivos; esperanzas fracturadas en mitades, y sueños nunca perseguidos.

En la lejanía distinguí a Erich Fromm dándole lecciones de amor a Freud. Más adelante me encontré a Dalí discutiendo sobre surrealismo con Jackson Pollock. Unos kilómetros más hacia el norte, estaba Anais Nin esperándome para encuestarme sobre literatura. Escalé escarpados peñascos y recorrí —en segundos— valles que parecían tender hacia el infinito. Atravesé —pisando con mucho cuidado— los senderos más oscuros y tenebrosos de mi subconsciente, aquellos donde guardo los secretos más atroces, los miedos más profundos y los sentimientos más viles.

Finalmente me encontré al pie de una cueva  —que aunque a veces toma formas distintas, es en realidad siempre la misma— esa que asemeja el hocico abierto de un monstruo indestructible; esa que siempre me aterra explorar, pero que sé bien no hay modo de evitar si quiero descubrir lo que viene después.

En su interior me abrí paso entre las redes de conocimientos oxidados, entre integrales y derivadas, entre sub-espacios y matrices, entre pedazos de códigos escritos en lenguaje ensamblador y módulos de C++; el polvo acumulado sobre docenas de cuentos olvidados me hizo toser; y encontrar aquellas ideas de medianoche que perdí por no haber puesto en papel, me hizo enfurecer.

Me enredé entre las telarañas que unían, aquí y allá, palabras de mis autores favoritos y me ardió la panza al descubrir que muchos de mis pensamientos originales no fueron siquiera míos.

Perdí valiosos minutos de mi recorrido en un intento fútil de fusionar dendritas que hacía tiempo se habían separado de otras, deseando recuperar el camino hacia memorias que intencionalmente escondí años atrás en baúles impenetrables, por razones que entonces parecían válidas.

En rincones dispersos había resentimientos, algunos de ellos más viejos que el tiempo —que hacía mucho deseaban morir pero estaban conectados a máquinas de respiración asistida—, otros apenas recién nacidos, arrastrándose, intentando gatear hacia los rincones en los que pasarían una larga vida.

El pecho se me cerró —cual si padeciera de asma— al encontrar la caja de vidrio reforzado en la que hace años encarcelé mi único odio verdadero. Consciente —como siempre lo he estado— de haber escogido la de vidrio y no la de titanio para poder verlo a los ojos cuando tengo oportunidad de visitarlo, pero con el mismo terror que me ocasiona en cada iteración de esta parte del sueño, caminé hacia él lentamente. Lo observé y él a mí; ladeé la cabeza y él conmigo; estiré una mano temblorosa y él hizo lo propio como el reflejo lo hace en el espejo.

Un temblor de proporciones monumentales interrumpió mi ritual y en medio de la confusión corrí hacia el extremo opuesto de la caverna, ese en el que hay apenas una fractura muy estrecha por la cual escapar. Mientras las paredes, el suelo y el techo de la caverna temblaban, yo empujaba tierra y lodo para abrir paso primero a mis manos y brazos, luego a mi cabeza y finalmente al resto de mi cuerpo.

El temblor se detuvo tan repentinamente como se había originado. La cueva no se colapsó, pero la salida se había sellado; no había forma de volver sino únicamente camino para seguir avanzando.

En el río que corría paralelo, navegaban instrumentos que siempre quise aprender a tocar pero nunca me atreví. De los árboles que flanqueaban este nuevo sendero, colgaban letras de canciones que marcaron mis años de adolescencia: “el camino del exceso lleva a la torre de la sabiduría”, “el camino no se ve, nada espera en ninguna parte, no hay alivio en el placer” y por supuesto, la más importante de todas: “chingo yo, chingas tú… chinga tu madre”.

El sol comenzó a salir y una niebla se apoderó de la visibilidad que ya de por sí era escasa. Entonces apareció la montaña rocosa que frecuentemente aparece de la nada en mis pesadillas; parecía tan alta y sin embargo, me tomó solamente dos pasos llegar a su cima.

En la cima volví a verle —como siempre— sin verle realmente. Me habló, diciéndome una vez más lo que necesitaba saber; lo que se suponía debía transmitir. Escuché sus palabras con atención, prometiéndome que en esta ocasión no las olvidaría como todas las veces anteriores.

Entonces desperté, la alarma escupiendo su chicharra escandalosa; aún recordaba el mensaje, pero podía sentir como empezaba a escaparse de mi mente cada vez más despierta. Comencé a buscar lápiz y papel a toda prisa sin atinar a dar ni con uno ni con otro. Salí de la habitación y corrí hacia el escritorio. El primer bolígrafo estaba seco, el lápiz de minas estaba vacío y la pluma fuente no tenía colocada ninguna de sus puntas intercambiables. Cuando por fin produje ambos hacía rato que el recuerdo se había esfumado, dejando detrás únicamente ese mal sabor que dejan las historias que no terminan de materializarse, que se van perdiendo a pedazos hasta desaparecer por completo.

Ximena

Ximena era peligrosa como un vampiro. Tenía la sensualidad, el carisma y la mordida asesina de uno. En su mirada —cuidadosa, ensayada cual delicada coreografía— uno podía distinguir la fatalidad de su propio destino; detrás de su sonrisa fácil se escondían intenciones egoístas, esquemas oscuros y finalidades hedonistas.

Su edad era inversamente proporcional a su maestría para el chantaje, y aunque había quien juraba que podía verle el diablo a distancia, la mayoría de quienes le conocían caían víctimas de sus trucos infalibles.

—¡Cuidadito! —advirtió Horacio cuando me descubrió siguiendo con la mirada cada movimiento suyo. Luego hizo un ruido repetitivo con su lengua y sus dientes, que me hizo pensar en el encantador de perros— Ts, ts, ts.
—¿La conoces?
—No.
—¿Y entonces?
—Yo sé lo que te digo.
—Sí la conoces, ¿verdad? ¡Preséntamela!
—No.

Ximena me rompió el corazón como era de esperarse. Lo que ella nunca esperó, es que yo fuera a buscarla esa misma noche para atravesar el suyo con una estaca.

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